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Traverse - Artemisa Gallery - NY - Thornton - Levinton
Lic Maria Carolina Baulo. Translation by Artemisa Gallery.
May-June 2016
Oil on Canvas, 157 x 145 cm, 2016.

Traverse - Artemisa Gallery - NY - Thornton - Levinton

Establishing a dialogue between two bodies of work by different artists is not an easy task. When both share common aesthetic values, plastic and conceptual interests may still go separate ways. Even then, such provisions do not guarantee two bodies of work will be antagonistic. Herein lies the challenge: to identify stylistic shades, creative principles, and formal choices to better analyze the work as a space which serves to reflect the artists themselves. When these common spaces exist and they are able to found, the bodies of work can maintain their individualities and also become a set, which in turn, creates a dialectical synthesis that enriches and empowers them both. Luciana Levinton uses architecture as the foundation for her works. The Grand Palais in Paris and the historic Whitney Museum (now Met Breuer, New York), inspired a series in which sketches facades, delineates floor plans, blurs interiors, and decontextualizes architectural elements to recreate precise figurations of architecture and bring viewers into a journey of the unknown. Strident combinations of short and long brushstrokes create phantom-like images of what can be identified as buildings, though not yet fully defined. The same journey applies to Levinton?s works on paper, which consist of brightly colored geometric shapes superimposed on top of architecture magazines from the 70?s. In these smaller works, colorful abstractions invade lines of text and floor plans on old pages and use them as a guide for compositional support. Viewers recognize two elements, one from the past and one from the present, as they coexist to create an aesthetic that is inherent and unique to Levinton?s work. Alejandro Thornton?s works in acrylic on canvas and ink on paper address space from yet another perspective. The identifying characteristic throughout his entire body of work is a quasi obsessive repetition of the letter A. Thornton?s goal is to raise the letter to near iconic status; however, the overall aesthetic makes his attempt paradoxical as his use of repetition produces abstract webs comprised of infinite combinations of ?A?. At once the letter becomes a module, which can be repeated ad infinitum to create a network of images that is necessary for Thornton to capture the viewer's attention. Both artists begin working with easily recognizable figures only to create abstractions without spatiotemporal references. Levinton eliminates redundant information, while Thornton uses repetition as his mantra. In the case of each artist, dependence on a monochromatic color scheme synthesizes their distinct bodies of work to become a tertiary element in an otherwise binary exhibition. Levinton and Thornton know how to delineate a path within the visual arts. Constructive language, conceptualization and composition become the foundational elements from which each builds their practice. To establish connections between the two is a fine observation task that makes sense of the exhibition proposal at hand. In Traverse, two intelligent points of view which question themselves come together and reflect Levinton and Thornton from a common area.

Traverse - Artemisa Gallery - NY - Thornton - Levinton

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Traverse - Artemisa Gallery - NY - Thornton - Levinton

Poner en diálogo obras de distintos artistas no es una tarea sencilla. Porque a menos que ambos respondan a una estética común, búsquedas e intereses plásticos suelen ir por caminos independientes, pero no necesariamente antagónicos. Y allí radica el desafío: encontrar matices estilísticos, principios creativos, elecciones formales, criterios desde dónde construir la obra como espacio de reflexión del artista. Si esos espacios comunes existen y se logra dar con ellos, el resultado es un corpus de obras que mantiene las facturas individuales intactas pero que establece, a su vez, una síntesis dialéctica que enriquece y potencia a las partes. Luciana Levinton trabaja desde la arquitectura como fundamento de sus obras. El Grand Palais de Paris y el histórico Whitney Museum (hoy Met Breuer de New York), inspiran una serie de obras donde una fachada esbozada, una planta delineada, un interior difuso, un elemento arquitectónico descontextualizado, recrean desde la figuración precisa de la arquitectura, una travesía hacia la incertidumbre. Una pincelada estridente hace surgir, en pocas y acertadas combinaciones, la forma casi fantasmagórica de un edificio que no termina de definirse pero se intuye. Otro tanto sucede con los papeles intervenidos con acrílicos -que dicho sea de paso, juegan a la perfección con las telas desde el punto de vista cromático-. Revistas de reflexión sobre arquitectura de los años 70, reciben el impacto de una geometría abstracta que no hace más que invadir su espacio con la densidad del color pleno, aunque respetando y usando como guía las líneas centrales de las obras que se reproducen en aquellos viejos recortes que actúan como soporte. Ambas arquitecturas, la de ayer y la de hoy, conviven formando un nuevo discurso. La obra de Alejandro Thornton aborda el espacio desde otro lugar. Es la sucesión y repetición cuasi obsesiva y sistemática de un patrón de representación ligado a la letra A -por cierto ya característico en toda la producción del artista- la encargada de organizar y marcar el ritmo en el espacio compositivo. Una mirada que simplifica y concentra la atención, no se pierde en caracteres sino que dirige la lectura hacia un motivo icónico. Lo paradójico radica en que ese foco de atención se pierde para generar un entretejido abstracto, soporte de infinidad de combinaciones y cruces interpretativos. La A no es simplemente una A, es mucho más que eso: se transforma en una forma, en un módulo que al repetirse ad infinitum, crea una red semiótica que captura la atención del espectador tanto en las telas trabajadas con acrílicos como en los papeles oscuros soporte de tintas o serigrafías. Ambos artistas parten del lugar de confort, de la figura reconocible para el espectador. Y crean a partir de allí una abstracción sin referencias espacio-temporales eliminando la saturación de información en el caso de Luciana o, por el contrario, utilizando la repetición como una suerte de mantra en el caso de Alejandro. Lo que se ve hay que buscarlo, porque a simple vista las aparentes referencias son inciertas y solamente sirven para invitar al espectador a profundizar en la obra. También desde lo cromático hay una síntesis entre las obras gracias a la elección estética del uso de la monocromía. Esta restricción de la paleta se potencia cuando encontramos que ambos usan colores distintivos que no se replican en la obra del otro, sumando a la complementariedad y dialogo entre las obras. Tanto Luciana como Alejandro supieron delinearse un camino dentro de las artes visuales. Cuando desde el lenguaje constructivo, la conceptualización y la composición hay solidez, esos aspectos encarnan en la obra y los resultados están a la vista. Establecer las conexiones es simplemente hacer una tarea refinada de observación para atar los cabos y dar sentido a la totalidad de la propuesta expositiva. Dos miradas inteligentes que cuestionan ellas mismas su propia lectura de las obras y se convocan para dialogar desde esos espacios comunes.